Sádica

¿Tú crees que soy sádica? Sonríes y esquivas mi mirada, te das vuelta y siento que ríes ¿Por qué? Preguntas un tanto asustado, con miedo de no responder como yo quiero, tratando de no decir algo incorrecto. Me río. Te das cuenta que la pregunta no es tan seria, me miras y lo piensas, aún dudas y temes mi reacción; mis ojos siguen tus movimientos, jugando, esperando con paciencia tu respuesta. No creo que seas sádica, finalmente respondes, creo que te has vuelto sádica. Una carcajada sale de mi boca, no lo puedo evitar, hasta de eso te crees responsable; y supongo que lo eres, en parte.
Te retractas y añades, bueno no, creo que siempre ha sido así, sólo que recién te das cuenta. Sigo sonriendo, más que por tu respuesta, por el hecho de conocerme, sabes o mejor dicho, intuyes lo que quiero escuchar. Me abrazas, tu mano empieza a jugar por debajo de mi polo, acariciando mi espalda; me miras juguetonamente, pidiendo permiso para proseguir. Cierro los ojos, y como siempre, dejo que hagas lo que quieras. Tus uñas acarician mi torso, despacio, casi sin tocarlo, una y otra vez se deslizan tentando el camino, conociendo un cuerpo que podrían recorrer de memoria. Cierro los ojos con más fuerza, sé que lo vas hacer. Alisto mis sentidos, quiero sentirte al máximo. Mi respiración se agita y leves ruidos, como maullidos se vuelven la banda sonora de nuestra escena.
Y lo haces. Arañas toda mi espalda, de arriba hacia abajo, salvajemente como si quisieras hacerme daño. Tiemblo, mis vellos se erizan, mi espalda se contornea y te abrazo fuerte, necesito que sigas. Me ves a los ojos y ahora tu mirada ha cambiado, ya no juegas a molestarme, ahora quieres sentirme. Empiezas a besarme como si no existiera un mañana, tu lengua me devora y lo haces de nuevo, me arañas, me excitas a más no poder. Muerdes mi oreja, juegas con ella, mientras que tu mano lucha con el botón de mi pantalón, te vuelves torpe por el placer; finalmente lo consigues y me tocas. Estoy mojada y me mojo más al sentirte. No es difícil desnudarte y la danza empieza, primero despacio sintiendo cada movimiento, muriendo con cada penetración; para luego dar rienda suelta al animal que eres, que somos.
Después de un rato terminamos, extasiados, cansados, felices de tenernos. Tu pecho se convierte en mi almohada, te miro y sonrío, tus ojos me miran brillosos, me abrazas y besas mi frente ¿de qué te ríes? Preguntas preocupado, no me río, me sonrío; te explico ¿de qué te sonríes? Aclaras la pregunta, te miro y respondo, es que tienes razón, sí soy sádica.

 Imagen extraida de la habitaciondelduende.com

Comentarios

Entradas populares