Dormir

¡Qué extraño! Es la primera vez que escribo mirándote, como cuando un pintor retrata su obra de arte. Aún no puedo explicarme por qué me gusta tanto verte dormir, debe ser el ruido de tu respiración  que me hipnotiza, o tal vez es la postura de tu cuerpo mezclada con tu rostro, que dan esa imagen tan serena, inerte, casi muerta y a la vez apacible como la de un ángel.

Te tomaría una foto y aún así el lente de mi cámara no podría captar la imagen que veo, los aparatos modernos a diferencia de los ojos  difícilmente pueden captar emociones, sin embargo quizá sí son capaces de darnos una idea. Una idea vaga, un instante, un momento no define lo que veo.

Sigo escribiendo con un poco de temor, miedo a que despiertes y me descubras in fragantti, publicando tu vida, declarando al mundo mis sentimientos hacia ti.
No te mueves, no te enteras de nada, sigues durmiendo y de pronto me pregunto sí sueñas, y si lo haces con quien sueñas ¿A caso podrías soñar conmigo? No lo creo, estamos demasiado juntos como para ser protagonista de tu sueño.

La oscuridad empieza a reinar en mi cuarto, la luz de mi máquina no es suficiente para alumbrar mi habitación y mucho menos tu rostro, ya no alcanzo a verte pero sé que duermes, igual que mi perro a quien no le importa interrumpir y mucho menos molestarnos, estando en mi casa todas las habitaciones le pertenecen, hasta que se aburra y de un salto se vaya. En mi casa, si supieras todas las veces que fantasee poder estar aquí, dormir juntos proyectando algún futuro, pretendiendo ser algo más que simple amantes esporádicos.


De pronto te mueves y sospecho que has despertado, aún no puedo verte, así que me detengo y trato de hacer menos ruido, como si eso fuera suficiente para que vuelvas a los brazos de Morfeo. Es demasiado tarde, ya estás despierto, tus ojos se encienden como los de un gato. ¿Qué haces? Preguntas todavía entre sueños. Me miras mientras escondo como puedo las pruebas del delito. Nada respondo sonriendo, vuelve a dormir, añado. Reniegas como cuando un recién nacido retorna de su letargo, ¡Deja ya lo que sea que estás haciendo y ven acá! Me reclamas.

Dejo mi laptop en la mesa y voy entre saltitos a tus brazos, ¿es hora de dormir? Pregunto como si fuera una niña, sí, contestas, pero primero tienes que tener sueño, y para tener sueño debes cansarte un poquito, y para cansarte un poquito, comienzas a besarme y las palabras están de más. Comienza la danza, con mi ruidoso CD de Slayer sonando como música de fondo, dándole aún más sentido a esta escena, hoy al igual que todos los objetos que me rodean, eres parte de mi habitación.

Movimientos practicados y definidos por la experiencia de nuestros cuerpos dejan un aroma peculiar, la combinación de nuestras esencias es dulce y a la vez extraña, como el sentimiento que dejas en mi cada vez que hacemos el amor. Las palabras pierden la emoción en el papel, no puedo describir lo que tu sexo me inspira, no conozco en mi tenue vocabulario una palabra para describir mi estado de ánimo. Siento paz, estoy un poco cansada, relajada, pero al mismo tiempo siento una energía que recorre mi cuerpo que quiere salir, saltar, gritar, reír, besarte, molestarte; mas todo intento es inútil, mis esfuerzos se dejan abatir por tu abrazo, que me obliga a suspirar y seguir disfrutando de tu cuerpo, mientras pienso.

A veces me pregunto qué será eso que nos atrae tanto, como un imán que une perfectamente nuestros cuerpos, como si nos hubieran creado para complementarnos. A veces también creo que soy sólo yo quien siente tal atracción, o que deben ser los efectos de esa droga que la gente llama amor. Es en esas veces que me sorprendo al saber que tú sientes lo mismo, que no es un sueño, que mi príncipe azul -aunque no seas azul y mucho menos príncipe- existe.  Debe ser que tengo suerte en el amor, o mejor dicho que tengo suerte al tenerte a mi lado.
Mis pensamientos se pierden dejando eco, tu leve ronquido los ahuyenta y me indica que es hora de dormir.

Comentarios

Entradas populares