Tristeza de verano
Vació. Así trato de mantener mi corazón estos últimos días. Mi cabeza, sin embargo, no deja de pensar, analizar, recordar, portarse como el investigador privado que nunca pudo ser.
Me equivoqué. No debí pedir algo que no daba. Obligar a una persona a ser quién no es, debe ser como someterla a una cárcel. Castrar su esencia por miedo, cortar sus alas para aprisionarla. Obligarla a querer, debe ser un infierno.
Olvidé que todos tenemos derecho a elegir. Olvidé que era su decisión permanecer o irse.
Ahora siento que poco a poco, mi prisionero buscó una salida.
Ahora entiendo que su decisión siempre fue ser libre, aunque nunca pudo expresarla con claridad. Ahora entiendo que quería irse.
Y sigo pidiendo que se quede ¿Con qué derecho?, ¿Cómo puedo seguir siendo tan egoísta?
Mi prisionero pide a gritos liberarse y no lo voy a obligar a estar aquí.
No te obligaré más a seguir esclavizado a mí, ni ser quién no quieres ser. No se hará más mi voluntad y serás libre para elegir.
El compromiso, incluso si es algo tan ingenuo como el de enamorados, implica una exclusividad implícita. Exclusividad sexual y afectiva, mas no amical.
No puedo asegurar tu lealtad. No puedo saber si continuarás con las ganas de escapar o seguirás adicto al peligro. Existe la rehabilitación, incluso para la metanfetamina. Pero no seré yo quien cambie tu esencia.
Eres libre. Ama, vive, ríe, sé feliz. Conmigo o sin mí la jaula está rota ¡Vuela! Que incluso las aves, enamoradas de sus dueños, prefieren quedarse en casa.
Perdóname y gracias.

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