La edad jodida de la era frívola


Cuando estás acostumbrada a que el cumplido de toda tu vida sea lo delgada que eres. Cuando te la has pasado renegando por no tener un poquito más de “carne”. Cuando la gente te describía como la flaca del grupo o del montón. Entonces, justo en ese entonces, cuando comienzas a disfrutar de tu suerte y de agradecer a tus genes por darte el metabolismo perfecto, ese poder casi divino de comer y comer toda la sarta de tonterías que se te antoje y no engordar, llegas a la segunda adolescencia, a la edad jodida.

Bueno fuera si sólo cambiará tu metabolismo. No, resulta que el cuerpo se gasta y te cambia todo. De pronto tu cabello cambia a ese color blanquecino que más que sabiduría es sinónimo de vejez. Tus marcas de expresión resaltan cada vez más y junto a ellas crecen esas líneas terroríficas que lamentablemente ya no son ajenas a ti. Las desveladas y malas noches se impregnan en tu piel y se aferran como si tu próxima vida fuera la de un mapache. Los rollitos de grasa ya no son sólo grasita, los desgraciados vienen acompañados de celulitis y flacidez y sabe dios qué otras cosas más.

Y es entonces cuando te das cuenta que no hay vuelta atrás, has llegado a la edad jodida y quizás, sólo quizás, con mucho esfuerzo y paciencia vuelvas a tener el cuerpo que tenías en la que fue tu primera adolescencia.

Seamos realistas, años atrás no era un gran drama cambiar, o mejor dicho envejecer; hoy es como quitarle una vida al gato. Vivimos en la era frívola, esa que nos exige ser cada vez más delgados, más bonitos, más sanos, más perfectos. La era frívola no admite viejos ni descuidados. La era frívola me obliga a aceptar que a un paso de cumplir un cuarto de siglo, no me quede más que aceptar y de hecho pedir, cremas, membresías a gimnasios, dietas, y todas esas cosas que alguna vez pensé no serían para mí.

No queda más que vivirla o sobrevivirla, al menos yo no puedo con mi genio ¿Alguien dijo un pan con chicharrón?


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