De cuento
Sus ojos me miran llenos de
furia, ya no brillan como antes, ya no hay una sonrisa en su rostro, lo que
alguna vez sentía se ha ido esfumando con el paso del tiempo. Y no puedo
mantener mi rostro en alto, no puedo irme sin sentirme vencida. Las batallas que
pierdo son cada vez más letales, supongo que es porque uno se vuelve más frágil
con el tiempo, o porque has logrado hacerme tan vulnerable que lo más mínimo me
derrota, porque cada vez se me complica más levantarme y pelear, luchar por un
ideal.
La calle ha dejado de sonar. Los
autos son cada vez más escasos, los segundos se alargan esperando una
respuesta, y no la hay. Entonces me voy. Te dejo ahí parado, pensando, molesto.
No quiero que me veas, no quiero que nadie me vea. Odio ser tan vulnerable, tan
patética. Cuando era más joven la calle ayudaba a despejarme, hoy la veo tan
vacía que hasta me aterra, pero poco importa mi suerte. Si supieras cuantas
veces he deseado desaparecer en el asfalto, te sorprendería saber que tengo
pensamientos suicidas desde pequeña, o quizás no, quizás puedas pensar que
tiene sentido.
Caminar sin rumbo no es más una
solución. He decidido dejar de dar pena por las calles y guardar todas mis
lágrimas para la almohada, ella suele ser más compresiva, menos arrogante que
los curiosos, incluso tiene más piedad que yo misma pues brinda una tregua cada
vez que mi mente se rinde al sueño.
Las carencias que tuve de pequeña,
como diría mi psicóloga, afectan mi personalidad, me vuelven un ser
dependiente, repugnante, que anhela un poco de misericordia, un poco de cariño.
Pero el cariño no se pide.
Entonces me detengo, busco un
lugar para sentarme, aunque sea un espacio vacío en el suelo. Me acurruco pues
el frío ha comenzado a fastidiar. Esa canción suena en mi cabeza, cierro mis
ojos para recordarla bien y al abrirlos estás ahí a mi lado, sentado conmigo
como si nada hubiera pasado. No existe más odio en tu mirada, de hecho, parece
pena lo que sientes. No te culpo, incluso a los desconocidos suelo darles pena.
Estoy confundida, dolida,
cansada. Siempre quise un compañero, pero nunca me imaginé que sería tan
difícil, nunca pensé que me sentiría tan culpable de fracasar ¿Al menos
tendremos un final feliz? Los finales nunca son felices, ni siquiera los de
cuento.

Comentarios
Publicar un comentario