La muerte del Príncipe Azul


Nunca me he considerado una conocedora en cuestiones del amor, nunca he pretendido – aunque lo he hecho- ser doctora corazón de nadie, mucho menos de mí misma. En casa de herrero cuchara de palo, suelen decir y supongo que el dicho se aplica a varias realidades.
Sin embargo, esta vez sí quiero dar mi opinión sobre el tan comentado y prostituido tema de las relaciones y sus problemas. El problema en la mayoría de relaciones, damas y caballeros, es la mujer ¡Sí! Nosotras somos el problema y la bendita solución.

Desde que la mujer empezó a tomar decisiones, allá por los cincuentas, el hombre vio como poco a poco su papel de señor todo poderoso se fue a la mierda. Las mujeres hemos aprendido a valernos por nosotras mismas, dejando de lado la figura masculina en nuestras vidas, hacemos todo lo que ellos hacen y no dejamos, ni cambiamos nuestros roles femeninos. Tenemos que ser hombres y mujeres a la vez, duela a quien le duela.
Antes de continuar, debo aclarar que mi post no pretende ser sexista, ni feminista, ni nada por el estilo, sólo quisiera ilustrar una realidad que me toca vivir y que probablemente muchas chicas como yo comparte.

En la época de mi  abuela, e incluso aún quizás en la de mi madre, lo único que se requería para tener una relación estable era, como en los cuentos de hadas y las telelloronas mexicanas, una dosis suficiente de amor. Nada más.


Las mujeres vivían engañadas por el mito del príncipe azul, lo buscaban y sabían que se sentirían realizadas cuando el flamante caballero llegará a sus vidas. Con el tiempo, muchas se daban cuenta que el príncipe azul, era un sapo disfrazado y que todo lo que aprendieron de niñas era mentira; y aún así no les quedaba otra que resignarse y continuar con su sapo. Otras, por el contrario, decidían por la moderna  - en ese entonces- salida del divorcio, y fin de la historia hasta nuevo sapo.

Para pruebas más fehacientes, tenemos la alarmante y creciente tasa de divorcios que hay en el mundo. El matrimonio es una relación más, ya no es un compromiso, ahora es más como un “a ver qué pasa”.

 Pero yo no me pienso casar, aún no. 

Yo debería ser feliz, debería estar agradecida con los dioses por el destino que me han ofrecido, porque he conocido a mi príncipe azul, porque estoy enamorada y mi historia, como en los cuentos de hadas, debería tener final feliz. Pero, no. Resulta que para variar, siento que algo me falta.

Yo no quiero sólo un príncipe azul que me quiera, quiero algo más. Busco una perfección que sé que no existe, que nunca podré conseguir y que podría poner en juego el futuro de mi cuento de hadas. Entonces ¿Debo callar como hubiera hecho mi abuela, o luchar por esa manía de perfección y arriesgarme al game over? Francamente, no lo sé. El rol de la enamorada chinchosa, no va  conmigo, pero tampoco el de mujer insatisfecha.
Y ahora destino, ¿Qué propones? 



Un videito que refleja claramente la realidad de muchas.

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