Silencios


Un vacío en el espacio genera la sensación de silencio. Unas gotas traviesas características usuales de un departamento pobremente personificado por su dueño, se atreven a rebelarse distrayendo mis pensamientos, regresándome a la realidad e interrumpiendo por un momento la quietud de mi silencio. El amanecer ha llegado, asesinando la paz de una noche que fracasa en el intento de ser tranquila, pues Morfeo no reina en todos los mortales, o al menos no lo suficiente.

Mis ojos pelean con el halo de luz que fusionado con el agua me obligan a despertar, mientras que la estreches de la cama me recuerda que esta noche no la pase sola. Un cuerpo desnudo me acompaña, su respiración pausada y la inercia de su sueño son evidencia de la batalla que protagonizó en la madrugada.

Mi movimiento entre las sábanas te despierta, te adhieres a mi cuerpo desnudo con una facilidad y rapidez casi instantánea, me abrazas y besas mi cuello, inhalando mi aroma, respirando sobre mí. Sonrío mientras ruegas por unos instantes más de ternura, pidiendo que el tiempo se detenga mientras juegas con mi cabello, acariciando mi frente y mi rostro como si fuera el ser más hermoso del planeta. Y así me siento, soy feliz en tus brazos, aunque sé que el tiempo es cruel y que mis preciados momentos de alegría no serán más que un efímero recuerdo.

Logro escapar de tu abrazo, ya que soy consciente de la adicción que podrías generar en mí y no es conveniente dejarse llevar por pasiones prohibidas, ni mezclarlas con sentimientos negados para amantes esporádicos. Aunque intuyo que mis pensamientos difieren de mis emociones, trato de convencerme que es la razón la que manda. Te rehúsas a mi ausencia, me buscas y vuelves a controlarme, esta vez no dejarás que me vaya sin haberme amando una vez más.

Tus besos me ahogan, me desesperan, tentándome a seguir, me excitas sin darme tiempo a pensar, imponiendo el camino a seguir. Te vuelves maestro de una sinfonía de deseo infinito, tus caricias son la excusa suficiente para perder la cabeza, y ahora soy yo quien ruega que sigas. Tocas mi sexo, jugando con tus dedos, me sientes caliente, húmeda y expectante, sabes que quiero sentirte; sin embargo no me dejas. Tus dedos son reemplazados por tu lengua, que traviesa insiste en saborear mis fluidos. Gimo, mi espalda se contornea y esta vez sí necesito que entres, te busco con la mirada y casi suplico por tenerte. Sonríes muy consciente de tus actos, procedes. Dejas que yo sea quien lleve el ritmo, quien te domine mientras acaricias mis senos y mi cabello roza tu pecho, incremento la velocidad ansiosa por terminar y te das cuenta que quiero que seas tú quien me posea. Así que no lo dudas, me abrazas, giramos, ahora tú estas al mando y puedes hacer lo que se te de la gana. Soy tuya, completamente tuya.

Me tomas con fuerza penetrándome cada vez más adentro, cada vez más rápido, creando una danza que al unísono termina en un grito ahogado, corazones agitados y una sonrisa en nuestros labios.

Me besas, me abrazas mientras escucho tu respiración, vuelves a dormir mientras yo me levanto, cojo mi ropa y me preparo para regresar a casa. Me acerco y beso tu frente, pretendiendo evitar una habitual despedida. Tus manos me detienen, despiertas sobresaltado, espera por favor, dices apresurado, ¿Cuándo volveremos a vernos? Añades ansioso. Sonrío, mi marido viaja de nuevo el próximo fin de semana, respondo entre seria y coqueta, ya sabes donde encontrarme.

Me voy y tras cerrar la puerta, regreso a mi vida normal. El ruido de la ciudad me abruma, me estresa recordándome que la fantasía ha terminado. Subo a mi auto, tomo el celular, llamo a casa y confirmo mi regreso a las labores conyugales en una hora, enciendo el auto, manejo unas cuadras y otra vez regreso a mi silencio.

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